Juntos pero solos

La profesora Sherry Turkle, de la Universidad de Harvard, escribió un sensacional libro titulado ‘Alone together’ en el que alerta de que la tecnología se ha convertido en el arquitecto de nuestra intimidad, la cual ejercemos incluso en compañía. Las personas hemos creado una segunda vida que pronto será regida por amantes robóticos y mascotas digitalizadas, como siguiente paso al comportamiento ensimismado que ya practicamos con los teléfonos móviles. Por el momento, ya hemos confundido a Facebook con la comunicación auténtica. En el giro sorprendente que han experimentado nuestras vidas, la conexión nos conduce a una nueva soledad. Nos valemos de la tecnología para llenar espacios de vacío, pero, a medida que esa tecnología aumenta, las verdaderas emociones, las auténticas, descienden en nuestras vidas.

Algunos jóvenes no conciben sus relaciones usuales en la comunicación personal, ni siquiera la experimentaron como para comparar y, por tanto, prefieren la comunicación tecnológica hasta ser mayoritaria en el tiempo en el que se relacionan. Los vínculos entre amigos han cambiado, así como entre amantes, padres e hijos. No obstante, Turkle no es pesimista y cree que este ‘momento robótico’ revertirá en una búsqueda del vínculo directo y humano.

La revista “Time” dedicó su “cover story” de mayo de 2013 a lo que denominaba “The Me, me, me generation”, caracterizada por buscar visibilidad a cualquier precio. Jóvenes que se comportan como incansables promotores de sí mismos, en una época de “marcas personales”, un concepto que plantea interrogantes. ¿Cómo podemos confiar en alguien que busca la visibilidad? Vivir siempre hacia fuera tratando de construir una imagen de éxito podría convertirse en fuente de nuevas patologías personales y sociales.

También tenemos los “juegos de identidad” de la era digital. Personas que se componen distintos perfiles para sentirse mejor consigo mismos, pero cabe preguntarnos: ¿son estas identidades cambiantes “bajo demanda” una buena opción para crecer? Tener una identidad sólida es de gran valor, un recurso imprescindible, punto de referencia en tiempos de cambio y dificultades en las familias. Dos de las condiciones para formar identidades saludables son la templanza y el autodominio. Crecer con ellas es indispensable.

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